Cuando en 2019 Donald Trump sugirió que Estados Unidos debería comprar Groenlandia, gran parte del mundo lo tomó como una ocurrencia excéntrica. Sin embargo, detrás de esa propuesta aparentemente anómala se escondía una lectura geopolítica que hoy, en 2026, es más vigente que nunca: Groenlandia es el nuevo epicentro de la seguridad tecnológica global.
El ingrediente secreto de la modernidad
Para entender por qué esta enorme isla autónoma danesa está en la mira de Washington, Bruselas y Pekín, hay que hablar de las tierras raras. A pesar de su nombre, no son escasas en la corteza terrestre, pero su extracción es compleja, costosa y ambientalmente agresiva. Se trata de 17 elementos químicos esenciales para fabricar desde smartphones y equipo militar avanzado hasta los motores de los coches eléctricos.
En este último sector, el neodimio es el rey. Este elemento permite crear imanes de alta potencia que otorgan más autonomía y eficiencia a los vehículos eléctricos. El problema es que el mundo tiene una “adicción” peligrosa: China controla más del 90% de la cadena de suministro global y la Unión Europea depende en un 98% de los imanes chinos. En un contexto de tensiones comerciales, esta dependencia es un talón de Aquiles que Occidente necesita sanar.

Un gigante dormido bajo el permafrost
Groenlandia posee depósitos masivos que podrían cambiar las reglas del juego. Según estudios recientes, la isla alberga unos 36.1 millones de toneladas de tierras raras, una cifra que empequeñece la producción mundial anual de 350.000 toneladas.
El foco principal está en dos proyectos al sur de la isla:
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Kvanefjeld (Kuannersuit): Podría contener hasta el 25% de los recursos mundiales de estos minerales. Sin embargo, tiene un inconveniente político y ambiental: sus tierras raras están mezcladas con uranio radiactivo.
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Tanbreez: Un proyecto enfocado en tierras raras pesadas con la mirada puesta en abastecer al mercado norteamericano.
El muro de la realidad: Geografía y Política
Si el tesoro es tan grande, ¿por qué no se está explotando ya? La respuesta es una mezcla de geografía extrema y soberanía local.
Primero, Groenlandia es un entorno hostil. Con apenas 150 km de carreteras, cualquier proyecto minero exige construir puertos, redes eléctricas y ciudades desde cero en medio del invierno polar. Segundo, y más importante, es el factor humano. La población local, compuesta por unos 56.000 habitantes (mayoría inuit), está profundamente dividida.
En 2021, el gobierno groenlandés prohibió la minería de uranio, bloqueando de facto el proyecto de Kvanefjeld. Esta decisión refleja el temor a que la minería destruya el modo de vida tradicional y contamine un ecosistema ya golpeado por el cambio climático. No obstante, la presión económica es fuerte: los ingresos mineros podrían ser el camino definitivo hacia la independencia total de Dinamarca.

La carrera por la autonomía
Mientras empresas australianas y fondos de inversión respaldados por figuras como Jeff Bezos y Bill Gates financian exploraciones, la UE y EE. UU. intentan estrechar lazos con las autoridades locales. El objetivo es claro: crear una cadena de suministro “sostenible y ética” que no dependa de los caprichos de Pekín.
Groenlandia no es solo una vasta extensión de hielo; es una reserva estratégica de soberanía. El éxito de la transición energética y la evolución del coche eléctrico dependen de si el mundo logra resolver el dilema groenlandés: cómo extraer los minerales del futuro sin destruir uno de los últimos paraísos naturales del planeta.

























































