Se define como grosería a todas aquellas palabras que lleven como fin sobajar, humillar o insultar a una persona o situación… esto por si alguien no conoce el término.

De forma global, como país, “ya sabe: mexicanos unidos jamás serán vencidos” los mexicanos utilizamos 1,350 millones de groserías diarias para comunicarnos, esto de acuerdo con consulta Mitofsky.

Imaginemos una de las situaciones más dolorosas del mundo… caminas a media noche… a oscuras, vas por un refrigerio nocturno.

En el camino entre tu objetivo y tú, se encuentra la esquina de la cama y el dedo chiquito del pie, sí, ese que creemos que únicamente lo tenemos para eso para sentir dolor y sin querer te avientas un coctel -con todo y sombrilla- de palabras altisonantes… groserías vaya.

Algunos se molestarán por tu lenguaje vulgar… pero sabes quizá hayas hecho lo correcto.

Cuando somos niños, se nos enseña que maldecir, incluso cuando tenemos dolor, es inapropiado, que demuestra un vocabulario pobre o es en cierta forma señal de pertenencia a una clase inferior. Sin embargo, las groserías tienen un fin fisiológico, emocional y social, y son efectivas solamente porque son inapropiadas.

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“La paradoja es que el mismo acto de represión del lenguaje es lo que crea esos mismos tabúes en la siguiente generación”, Asegura Benjamin Bergen, autor de What the Fuck: What Swearing Reveals About Our Language, Our Brains and Ourselves. Lo llama la “paradoja de la vulgaridad”.

“La razón por la que un niño piensa que las groserías son malas palabras es porque, conforme va creciendo, se le dice que es una mala palabra, así que las vulgaridades o groserías son una concepción social que se perpetúa a lo largo del tiempo”, dice Bergen, profesor de Ciencias Cognitivas de la Universidad de California en San Diego. “Es algo malo que se crea a sí mismo”.

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Algo así como “esa manzana no” es la manzana prohibida.

Y más allá, las groserías son nuestras amigas… esto de acuerdo con un estudio llevado a cabo por Richard Stephes, profesor de Sicología de la Universidad de Kelee y publicado por The New York Times asegura que decir malas palabras puede aumentar la habilidad para soportar el dolor. Así que cuando te golpeas el dedo del pie y sueltas una grosería, hacerlo puede ayudarte a tolerar mejor el malestar.

Hay que aclarar que estas palabras, por supuesto, no tienen ningún poder interno ni místico que confiera fuerza o resistencia sobrehumana. Es simplemente el acto de pronunciar una palabra tabú lo que la vuelve liberadora, detalla el profesor.

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Frente a un micrófono nosotros defendemos que somos capaces de comunicar cualquier idea sin la necesidad de mal decir; sin embargo, Timothy Jay nos contradice.

El profesor emérito de la Massachusetts College of Liberal Arts asegura que “podemos expresar nuestras emociones, especialmente el enojo y la frustración, hacia los otros de manera simbólica y no con el uso de uñas y dientes. Decir groserías significa sobrellevar, o desahogarnos, y nos ayuda a lidiar con el estrés”.

Hay detractores que argumentan que el lenguaje obsceno es innecesario y debería ser censurado. Están en lo correcto: si los malhablados queremos preservar los beneficios de decir groserías, necesitamos a esos detractores para asegurarnos de que lo soez continúe siéndolo.

¿Las groserías, parte de la idiosincrasia del mexicano?

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